
Este 5 de febrero de 2026, el presidente Miguel Díaz-Canel ofreció un mensaje público en un momento especialmente sensible para Cuba: presión creciente sobre el suministro de combustible, tensiones con Estados Unidos y un escenario interno marcado por apagones prolongados, dificultades de transporte y encarecimiento de la vida cotidiana.
La relevancia de esta comparecencia no está solo en el tono, sino en el conjunto de temas que concentró: la escasez de combustible y sus efectos inmediatos, la preparación de medidas de contingencia, y un mensaje político central: Cuba dice estar dispuesta a un diálogo con Estados Unidos, pero con condiciones claras sobre respeto, soberanía y ausencia de presiones.
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Uno de los ejes del mensaje fue el riesgo de un desabastecimiento agudo de combustible y el impacto que ya está teniendo la situación energética. El presidente reconoció que Cuba se ha visto “muy afectada” por el endurecimiento de restricciones vinculadas al suministro y describió un entorno donde la falta de combustible se traduce en apagones más intensos y dificultades para sostener servicios básicos.
En el contexto que rodea al discurso, se describe un panorama de colas extensas para comprar combustible, aumento del precio de la gasolina en el mercado informal y cortes eléctricos de gran duración. Este cuadro no solo afecta la vida doméstica; también condiciona movilidad, producción, distribución de alimentos y la rutina laboral y escolar.
En términos prácticos, cuando el combustible escasea, los primeros impactos suelen sentirse en:
Ese marco es clave para entender por qué el discurso coloca la energía como asunto central: no es un tema aislado, sino el “cuello de botella” que empuja efectos en cascada sobre el resto de la economía y los servicios.
En paralelo al diagnóstico energético, el presidente señaló que su gobierno prepara un plan para enfrentar un escenario de escasez más severa, con el objetivo de sostener actividades esenciales en medio de la presión sobre el combustible. En ese mismo sentido, se habló de la necesidad de medidas “creativas e inteligentes” para resistir el momento y mantener la operatividad del país bajo restricciones.
Aunque en las fuentes disponibles no aparecen listadas medidas específicas con detalle operativo (por ejemplo, cambios exactos de horarios, racionamientos sectoriales o calendario por territorios), sí queda establecido el mensaje de preparación para un período difícil y la idea de reorganización como parte del manejo de la coyuntura.
Implicación práctica inmediata: cuando un gobierno anuncia contingencias sin un paquete público de medidas cerradas, lo más frecuente es que el corto plazo venga acompañado de ajustes graduales, comunicación por fases y decisiones sectoriales (transporte, energía, instituciones, producción). El punto clave para la población es que el discurso prepara el terreno para cambios en la normalidad diaria en función de la disponibilidad de combustible.
El mensaje también colocó en primer plano la relación con Estados Unidos como factor determinante del momento. Se mencionó el endurecimiento de medidas y la presión sobre terceros países, incluyendo amenazas arancelarias hacia países que suministren petróleo, interpretadas en el discurso como un mecanismo para limitar alternativas energéticas de Cuba.
Dentro de ese mismo marco, se recuerda que, según lo descrito, Estados Unidos firmó una orden que declara una emergencia nacional relacionada con Cuba y la califica como una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad nacional y política exterior, afirmación que el presidente cubano rechazó de forma directa.
Por qué importa este punto: porque no se trata solo de un choque retórico. En la práctica, las medidas vinculadas a energía (y el efecto disuasorio sobre proveedores) pueden traducirse en más dificultad para garantizar combustible, con impactos que vuelven a la vida cotidiana: transporte, electricidad, abastecimiento y costos.
El presidente afirmó que Cuba está dispuesta a un diálogo con Estados Unidos sobre “cualquier tema”, con condiciones explícitas: sin presiones, sin precondicionamientos y desde una posición de igualdad y respeto a la soberanía y la autodeterminación.
En el contenido disponible, también se enumeran ejemplos de áreas que Cuba estaría dispuesta a discutir dentro de un diálogo: migración, seguridad, lucha contra el narcotráfico, lucha contra el terrorismo, temas medioambientales y colaboración científica, entre otros.
Implicación práctica: en el plano inmediato, el anuncio no equivale a un acuerdo ni a una mesa formal instalada, pero sí busca fijar una postura pública: Cuba declara apertura a conversar, y al mismo tiempo marca condiciones para hacerlo.
Un punto especialmente subrayado en las declaraciones asociadas a la comparecencia es el límite temático: Cuba estaría dispuesta a un diálogo significativo, pero no a discutir cambios del sistema constitucional o un cambio de gobierno como condición de esa conversación.
La formulación del argumento se presenta en términos de reciprocidad: así como Estados Unidos no discutiría su propio sistema constitucional como parte de un intercambio, Cuba plantea que ese tipo de asuntos quedan fuera de la agenda.
Qué implica esto: marca desde el inicio el perímetro del posible diálogo bilateral. Para la población, este tipo de “líneas rojas” reduce expectativas sobre transformaciones internas derivadas de una negociación externa y orienta el foco hacia áreas puntuales (migración, seguridad, cooperación técnica) si la conversación llegara a estructurarse.
En el mensaje público se rechazó la caracterización de Cuba como amenaza y se negó que el país sea refugio seguro para grupos terroristas transnacionales mencionados en el discurso político estadounidense. Además, se afirmó que Cuba no alberga ni patrocina terrorismo y se negó la presencia de fuerzas militares extranjeras o bases militares de otros países en la isla.
También se mencionó la decisión estadounidense de devolver a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, después de que hubiera sido retirada de esa lista pocos días antes del cambio de administración en Washington, según lo descrito en el contenido disponible.
Implicación práctica: estos elementos suelen tener peso en sanciones, percepciones de riesgo, acceso financiero y relaciones internacionales. Por eso aparecen en el discurso: forman parte del “marco” que condiciona la economía, las transacciones y, en última instancia, la capacidad de adquirir combustible y otros insumos.
El discurso y el contexto recogido vuelven sobre el vínculo con Venezuela y el suministro de petróleo. Se describe la falta de volúmenes que anteriormente llegaban desde ese país y se menciona también la situación con otros proveedores, como México, bajo un escenario de restricciones.
Sobre la cooperación con Venezuela, se señala que los convenios se mantendrían en la medida en que el gobierno venezolano lo requiera y en la medida en que sea posible bajo restricciones. El mensaje subraya que la colaboración no se presenta como imposición, sino como cooperación cuando es solicitada.
Implicación práctica: en un contexto de presión energética, cualquier reducción sostenida de suministro se siente directamente en el sistema eléctrico y el transporte. Por eso la relación con proveedores y socios energéticos aparece como tema político y operativo a la vez.
En el mensaje también se buscó reforzar la idea de que Cuba mantiene vínculos de cooperación y que existen gobiernos e instituciones dispuestos a sostener relaciones pese al contexto. Bajo ese enfoque se afirmó que “Cuba no está sola” y se mencionó explícitamente el respaldo del gobierno de México y referencias a pronunciamientos públicos de su presidencia.
Por qué aparece este tema: funciona como señal política hacia el exterior (mostrar apoyos) y hacia dentro (explicar que se buscan alternativas y socios). En términos prácticos, la cooperación internacional —según cómo se concrete— puede apuntalar suministros, financiamiento, ayuda humanitaria o acuerdos técnicos, aunque el discurso no detalla mecanismos específicos en esta fase.
Visto en conjunto, el discurso articula tres capas que se sostienen entre sí:
El resultado es un mensaje que intenta, simultáneamente, ordenar expectativas internas (se vienen tiempos difíciles y ajustes) y posicionar una postura externa (apertura a diálogo, pero con límites claros). Esa combinación es coherente con un contexto donde la energía está en el centro: cualquier movimiento en el plano diplomático o comercial tiene efecto directo en la disponibilidad de combustible y, por extensión, en el día a día.
El discurso presidencial de este 5 de febrero de 2026 dejó varios mensajes principales:
A corto plazo, lo más razonable es esperar que el centro de la conversación pública siga girando alrededor de energía, combustible, transporte y electricidad, y que cualquier actualización sobre contingencias se traduzca en ajustes concretos en la dinámica diaria. En paralelo, el tema del diálogo bilateral queda planteado como posición política, con condiciones y límites definidos desde el inicio.
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