
En medio de una de las peores crisis energéticas de las últimas décadas, el Gobierno cubano ha aprobado un paquete de medidas que marca un giro relevante en su política económica: la exoneración de impuestos a las inversiones privadas en energías renovables y la autorización al sector privado para importar combustible de manera directa.
Las disposiciones llegan en un contexto caracterizado por apagones prolongados, déficit crónico de generación eléctrica, escasez de combustible y un sistema electroenergético altamente deteriorado, factores que han impactado de forma severa tanto en la vida cotidiana de la población como en el funcionamiento de sectores clave de la economía.
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Entre las medidas anunciadas se encuentra la eliminación de aranceles e impuestos aduanales a la importación de equipos, tecnologías, piezas y componentes destinados al desarrollo de proyectos de energía renovable por parte del sector privado.
Esta política busca incentivar principalmente la instalación de sistemas solares fotovoltaicos, una tecnología que ha ganado protagonismo en los últimos años ante la inestabilidad del suministro eléctrico nacional. Los beneficios fiscales abarcan paneles solares, inversores, baterías, estructuras metálicas y otros insumos necesarios para la generación distribuida.
Las autoridades han señalado que estas inversiones pueden destinarse tanto al autoconsumo como a la inyección de excedentes en la red eléctrica, bajo esquemas contractuales previamente establecidos. El objetivo declarado es reducir la presión sobre el sistema estatal y avanzar, aunque de manera gradual, hacia una matriz energética más diversificada.
Actualmente, la energía solar apenas representa una fracción mínima de la generación total del país, dominada casi por completo por termoeléctricas obsoletas y plantas que funcionan con combustibles fósiles importados.
De forma paralela, se autorizó a empresas privadas a importar combustible directamente, un cambio significativo en un ámbito que tradicionalmente ha estado bajo control estatal casi absoluto.
Esta decisión permite que mipymes, cooperativas y otros actores económicos puedan adquirir diésel, gasolina y otros derivados del petróleo para sostener sus operaciones productivas, el transporte, la generación eléctrica propia y servicios logísticos.
Según los datos disponibles, varias empresas privadas ya han iniciado gestiones para establecer contratos de suministro con proveedores internacionales, lo que podría facilitar una mayor estabilidad en sus procesos productivos.
La escasez de combustible ha sido uno de los principales cuellos de botella de la economía cubana en los últimos años, afectando sectores como la agricultura, la industria alimentaria, la construcción, el transporte público y la distribución comercial.
El sistema electroenergético nacional enfrenta una crisis estructural. Más del 70 % de las termoeléctricas cubanas superan los 30 años de explotación, con constantes roturas, mantenimientos atrasados y falta de piezas de repuesto.
La limitada disponibilidad de divisas ha impedido la compra regular de combustible y la modernización tecnológica, provocando que la capacidad real de generación esté muy por debajo de la demanda.
Como resultado, los apagones diarios se han extendido durante más de dos años, con cortes eléctricos que en algunas provincias superan las 10 y 12 horas diarias, afectando la actividad económica, los servicios públicos y la calidad de vida de la población.
Aunque el Estado mantiene el control regulatorio, la creciente participación privada apunta a un modelo híbrido en el que los actores no estatales asumen un rol cada vez más relevante en sectores estratégicos.
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